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El Universal 05-06-09 Por Gerardo Blyde Nadie que vive en un barrio quiere por gusto vivir allí, pero tampoco quiere salir de la ciudad
Muchos barrios caraqueños nacieron hace décadas sobre propiedades privadas o públicas con la permisividad del Estado venezolano. La inexistencia de viviendas suficientes para satisfacer a una población que ha crecido exponencialmente, el atractivo polo en que se constituyó la ciudad como fuente generadora de empleo y riqueza, y las pocas oportunidades que ofrece el campo para poder cubrir las necesidades mínimas, hicieron de la ciudad el sitio deseado para vivir de todo aquel que aspirara mejorar su vida y la de los suyos.
Pensar que aquel que hace cuarenta años migró a la ciudad pueda regresar a su población de origen con sus hijos y nietos es una gran mentira. Eso no ocurrirá nunca. Tanto sus hijos como sus nietos nacieron y se criaron en la ciudad, son sobrevivientes del medio, adaptados a vivir en condiciones muy extremas, pero la ciudad es su mundo. Aquí manejan los códigos de sobrevivencia.
Nadie que vive en un barrio quiere por gusto vivir allí, pero tampoco quiere salir de la ciudad. Vivir en el barrio es vivir en un "toque de queda" permanente, donde la vida puede irse cualquier noche en un asalto o simplemente con una bala perdida. Vivir en el barrio es no saber si llegará el agua cuando se abra el grifo (lo más seguro es que no llegue la mayoría de las veces) o si las aguas negras serán colectadas. Vivir en el barrio es vivir la angustia de bajar al muchacho en hombros si se enferma a media noche porque una ambulancia no puede acceder. Vivir en el barrio es inventar qué hacer con la basura porque los camiones tampoco pueden entrar sino hasta el borde del mismo, pues no hay vías internas que les permitan ingresar. Aún así, se vive en el barrio y se sueña a diario con que las cosas cambiarán. Ciudades como Medellín, con grandes inversiones públicas, han logrado urbanizar sus barrios. Se coordinó la acción del gobierno local con el gobierno nacional. En Caracas se puede hacer, si tan sólo el gobierno nacional dejara de ver como "enemigo" a todo aquel que no milite en sus filas. Hay sectores completos (como Chupulún en Santa Cruz del Este) construidos sobre taludes completamente inestables, que deben ser desalojados y las casas derribadas. Simplemente nunca debieron construirse. Sus habitantes se aferran al sitio, reúnen materiales y reparan sus casas, construidas sobre un suelo de gelatina. Aun sabiéndolo no se van, y exigen a las autoridades que realicen obras de ingeniería impagables para tratar de salvar sus casas, aunque esas obras no aseguren realmente estabilidad alguna. ¿A dónde me voy?, se preguntan. Y tienen razón, no existe alternativa. ¿A dónde se van con sus hijos y querencias?
En los últimos años, una serie de malhadados estafadores han venido explotando con vileza la necesidad de vivienda de la gente más humilde. Bien en construcciones sin terminar, cuyos verdaderos propietarios han invertido un capital considerable, o bien en terrenos que aún queden sin desarrollar en la ciudad, los estafadores "venden" a los necesitados un "derecho a invadir". El estafador, ese aprovechador de la desgracia ajena, cuenta con la inacción del Estado y la indefensión del propietario, ante un sistema que no responde ni garantiza la propiedad (pública o privada). Organiza a un grupo de personas que no tiene vivienda, que viven hacinados con familiares o conocidos, o pagando rentas inimaginables por una "pieza" que a veces ni con ventilación cuenta. De inmediato le cobran una cantidad que depende del tamaño del inmueble a invadir y les aseguran que él tiene todo arreglado con el gobierno nacional, que les darán los papeles de propiedad con el tiempo, que ya se lo prometieron. Algunos por ingenuidad se lo creen, otros saben que no es cierto pero igual son seducidos ante la inexistencia de otra opción.
Cuando las cosas no salen bien, porque la policía municipal impidió la ocupación o quizás apareció a tiempo la Guardia Nacional porque algún vecino del sector pudo avisar cuando se iniciaba, el estafador les indica otra fecha para volver a intentarlo. Finalmente, si logran la invasión, allí los deja el irresponsable estafador. Les cobró, los embaucó y se fue. Allí nace un nuevo barrio, sin cloacas, sin agua, sin nada. La presión sobre terrenos sin edificar crece día a día. Aun cuando sean inestables, aun cuando sus propietarios no hayan decidido desarrollarlos todavía, aun cuando no exista capacidad vial para desarrollarlos, aun cuando no haya previsiones para dotarlos de servicios públicos ante el colapso general de servicios públicos. Sólo un Estado central eficiente, que coordine con las municipalidades temas como vialidad, redes de aguas (blancas y negras), electricidad, y todos los servicios, además de un sistema de protección de la propiedad, parará la estafa de los organizadores de las invasiones. La sola represión policial no basta.
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